Hablo con emoción de aquella época, y la engrandezco, pero si se me ocurren palabras prestigiosas —es decir, más cargadas, en mi cabeza, de prestigio que de sentido—, eso significa quizá que la miseria que expresan, y que fue la mía, es también fuente de maravillas. Quiero redimir esa época escribiéndola con los nombres más nobles. Mi victoria es verbal y la debo a la suntuosidad de los términos, pero bendita sea esa miseria que me aconseja tales elecciones.