Me pregunto si la falta de pudor en cuanto a los detalles personales proviene de la temperatura tropical, que impide cerrar las puertas, las ventanas y las paredes, de la falta de espacio entre las dos o tres generaciones que viven bajo el mismo techo, de la dependencia de los vínculos familiares o, incluso, del peso de la historia familiar, que debe acarrearse como una recompensa y, en ocasiones, como un fardo